La segunda muerte de Rousseau

La democracia, como sistema político, tiene una gran fortaleza que, a su vez, es una gran debilidad. Me refiero a la inherente perfectibilidad de esta que hace de ella un sistema dinámico y, por tanto, cambiante. El problema radica en que, en el devenir histórico, en concreto en los tiempos cortos que nos decía Dumezil, si no se apuntalan los principios democráticos en el quehacer político, se deja espacio al populismo que entiende la democracia como un instrumento para alcanzar el poder y acabar con ella.

Cuando el 13 de enero del 27 a.C. Octavio es aclamado por el Senado como Augusto y asume en una sola persona todos los poderes de la República, lo que estaba sucediendo, en verdad, era el fin definitivo de una república que se había ido descomponiendo paulatinamente y de forma inexorable. La asunción por parte de Augusto del imperium maius et infinitum y la tribunicia potestas visualizó y legalizó el fin de la separación entre el poder militar y el poder político que con tanto ahínco se había defendido en la República, aún más, se constató que los checks and balances romanos habían sido efectivamente borrados de la ley y las costumbres romanas.

Las formas, en democracia, son fundamentales. Pero la defensa de los principios, del contrato social subyacente a los sistemas democráticos, es obligación de cualquier gobernante. Por muy difícil que sea la situación y la coyuntura concreta, por mucho que te estés jugando la permanencia en el gobierno, nunca puedes anteponer tu necesidad a las reglas de juego. Si así lo haces, solo estás ahondando en la desafección hacia las instituciones y hacia la democracia de una gran parte de la población. Además, estás alimentando un relato en el que todo vale y en el que nada vale, un relativismo cortoplacista en el que solo el populismo y los amigos de las tiranías ganan.

Montesquieu ya formuló la necesidad de que exista una separación de poderes como sistema preventivo a la excesiva acumulación de poderes. Es un sistema de balances que evita la arbitrariedad pública (y privada) frente al individuo y, como no podría ser de otra manera, evitar la aparición de regímenes autocráticos. Lamentablemente, como ocurrió con Augusto, hay una tendencia a mantener las formas democráticas, pero las acciones y las actitudes de parte de la clase política se parecen cada vez más a una autocracia que a una democracia. Parece que la separación de poderes y el contrato social democrático sea un obstáculo, quién sabe si por interés a corto plazo o porque hay un plan de demolición de la democracia del 78, quién sabe si es por acción o por omisión.

“Parecería que la separación de poderes, el checks and balances de nuestro país es algo incómodo para parte de nuestro gobierno”

En la vida hay casualidades y causalidades, las primeras son más fáciles de ver y de entender. En el pasado Debate sobre el estado de la Nación se dio una coincidencia narrativa de dos figuras de la política española, me refiero al presidente del Gobierno y al portavoz de ERC. Comenzó Pedro Sánchez con una referencia, que parecería extemporánea, al pronunciamiento del Tribunal Supremo de EEUU respecto al aborto en este país. Uno se pregunta ¿a qué viene esa referencia a un tribunal supremo de un país extranjero en un debate nacional como este? Y esa es la clave, porque, en realidad y a mi entender, era una analogía a nuestro Tribunal Constitucional. La argumentación venía a decir «ningún tribunal puede acabar con lo aprobado por el poder legislativo», cuestión relevante máxime cuando este gobierno es el que más ha arrinconado la labor del legislativo recurriendo enfermizamente a los decretos de ley. Con lo que, si tenemos un gobierno al que el poder legislativo lo ve como un freno y al judicial como un obstáculo ¿qué nos queda?

Parecería que la separación de poderes, el checks and balances de nuestro país es algo incómodo para parte de nuestro gobierno. ¿Qué significa cuando se afirma que los recursos al Constitucional son espadas de Damocles que se quieren cargar lo aprobado por el «pueblo»? ¿Acaso el orden Constitucional debe estar sometido a las coyunturas, intereses y necesidades concretas del poder ejecutivo? Si fuera así ¿en qué tipo de sistema político estaríamos? Desde luego el panorama es sombrío, la pluralidad, el recurso a la ley para defender los derechos y la defensa del orden constitucional es la clave de bóveda de cualquier democracia.

Pero fíjense en la llamativa coincidencia del presidente con el locuaz Gabriel Rufián, a él también le molesta lo que dice el Tribunal Supremo de EEUU, también le molesta que haya medios de comunicación que publiquen más allá del libro rojo del populismo. De Rufián no me extraña porque su partido fue protagonista de un intento de sedición en el que, entre otras cosas, no aceptaban la potestad del Tribunal Constitucional ni del ordenamiento jurídico. Lo extraño, como decía, es la coincidencia narrativa de un partido como el PSOE con uno como ERC, cabría preguntarse si el primero sigue existiendo o la mutación es tan profunda que no son capaces de ver la gravedad de lo dicho en sede parlamentaria por su secretario general. De ERC nada nuevo bajo el sol, la Constitución y el ordenamiento democrático son un mero obstáculo para lograr implementar su programa totalitario en Cataluña.

Como decía, la decadencia de las democracias, como de la libertad, es algo paulatino y casi imperceptible. Olvidar los fundamentos de esta, anteponer tus objetivos o necesidades a las esencias democráticas solo abre el camino a aquellos que no se sienten cómodos con la pluralidad o la disensión, con aquellos que quieren imponer un discurso único y, además, pretenden imponer un profundo cambio cultural en el que la libertad solo es la libertad de pensar como el populismo quiere que pienses. La aparición de la llamada «cultura de la cancelación» (entre otros muchos movimientos contemporáneos) y el cuestionamiento de las bases mismas de la democracia (como la separación de poderes) son las dos caras de una misma moneda, una es de orden sociológico y cultural, y la otra es su concreción política, ¿el fin de todo esto? Lamentablemente lo estamos viendo en demasiados países: la tendencia hacia sistemas autocráticos disfrazados de formas democráticas.

Artículo de José Rosiñol publicado en The Objective.

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