Enseñanzas del asalto al Capitolio

Enseñanzas del asalto al capitolio

El reciente asalto violento a la sede de la representación democrática del pueblo estadounidense, alentado irreflexivamente en primera instancia por el propio presidente, ha hecho más evidente el peligro que corren los difíciles, antinaturales y contradictorios equilibrios en los que se asientan nuestras democracias. Con la fuerza y la nitidez que poseen todos los sucesos y las imágenes que nos llegan de ese gran país, vimos durante unas horas cómo volvíamos al siglo pasado, a experiencias que creímos desechadas para siempre, derrotadas por los avances en todo aquello que depende de la experiencia y de la razón. Y sucedía justamente donde creímos que era imposible, en EEUU.

No fue, por mucho que quieran hacérnoslo creer, un acto aislado. El colorido pronunciamiento civil provenía de una dinámica impetuosa y profunda, que no quisieron ver cuando iniciaba su proceso destructivo. Tal vez la primera víctima fue el propio Partido Republicano. Trump, venciendo a todas las familias clásicas y a la clerecía de la formación, se apropió del gran partido que actualmente representa y es cauce de las expresiones de derechas y conservadoras, poniéndolo al servicio de su persona y de su contradictorio programa político. Mientras en Europa nos entreteníamos en desmenuzar las razones de las crisis que afectaban a los partidos socialdemócratas, asistíamos, sin darle importancia, a la transmutación del gran partido americano. No nos dimos cuenta que la crisis afectaba por igual a los partidos políticos tradicionales, fueran de la izquierda o la derecha.

Por otro lado, la derrota de Hillary Clinton, asediada por el izquierdismo viejuno de Sanders, fue un toque de atención, igualmente desatendido, a los demócratas. La victoria de Trump, con la correspondiente derrota de una candidata que representaba la política tradicional del Partido Demócrata, abría el camino a la polarización de la sociedad americana, al atrincheramiento en pasiones políticas radicales y al enrocamiento en mundos ideológicos extremadamente cerrados y antagónicos, de los protagonistas de la política de la gran nación americana. Los extremos no sólo se tocan, se siguen y se necesitan.

El presidente, prescindiendo de los organismos intermedios que prestan consistencia a las democracias sólidas e integradas, estableció y mantuvo una relación directa, cesarista, plebiscitaria con su clientela. Ha sido tan poderosa su apropiación del Partido Republicano, a través de esa relación populista con sus seguidores, que nadie se atrevió a oponerse a su arbitrariedad, exceptuando al senador John McCain, que ya había exhibido su grandeza personal y política en el enfrentamiento electoral con Barack Obama.

A esa realidad frustrante, los demócratas, pero también los medios de comunicación, añadieron a la legítima, inevitable e imprescindible crítica al inquilino de la Casa Blanca una gran carga de radicalidad política. Era evidente la necesidad de una alternativa sosegada, moderada, que ofreciera un discurso adaptado al siglo XXI. Pero durante estos cuatro años últimos, esa necesidad se vio preterida por extremismos identitarios, envueltos en una confrontación sentimental, alejada de la crítica racional e inteligente y a la vez integradora.

Las muy legítimas protestas contra la desmesurada, frecuente y arbitraria violencia empleada por la policía de algunas ciudades contra ciudadanos de raza negra fueron aprovechadas por manifestantes extremistas que, instrumentalizando la honesta indignación popular, intentaron arrasar la propia historia de su país. No tuvieron interés en contextualizar, como se dice ahora, la historia, sino que la pisotearon, olvidándose que en el pasado encontramos el imprescindible contraste que necesitamos no sólo para saber quiénes fuimos, sino para saber cabalmente quiénes somos. Esa radicalización iconoclasta e ignorante, que terminó arrasado símbolos históricos como diversas estatuas de Colón o de Fray Junípero Serra, no contó con el aplauso y el impulso del Partido Demócrata, pero sí obtuvo la simpatía de diversos dirigentes de ese partido.

La elección de Biden, en el que depositamos más esperanzas e ilusiones que certidumbres, es también una muestra de las dificultades del Partido Demócrata ante el avance del iliberalismo izquierdista. Sólo él podía ganar la primera e imprescindible batalla a Sanders, ejemplo genuino de la extemporaneidad de algunas ideas de la izquierda. De cualquier manera, la victoria de Biden, algunas intervenciones prudentes y los primeros nombramientos parecen indicar que van en la buena dirección. De la misma forma que el uniforme comportamiento de los más diversos representantes institucionales de todo el país y de todos los ámbitos del espacio público ante la tensión poselectoral introducida por Trump, nos da motivo para la esperanza.

En estos momentos de máxima gravedad, se ha impuesto el peso de la dignidad institucional estadounidense, adquirido durante varios siglos y contrastado en graves crisis en el pasado. Pero los estados no deben olvidar que la división social continúa y que se agudizará notablemente en estos primeros momentos de la legislatura demócrata, impulsada por el discurso del presidente saliente sembrando dudas sobre la limpieza del proceso electoral. En las dinámicas políticas dominadas por el populismo es muy frecuente que engaños y mentiras inverosímiles arraiguen en los espíritus fanatizados: allí una parte de la sociedad estadounidense cree que se ha producido un gran fraude electoral, muchos británicos asumieron que la UE literalmente les robaba y muchos catalanes siguen pensando que Europa les está esperando como se esperaría a un pueblo elegido.

Volviendo a EEUU, para remediar esa polarización son necesarios nombramientos acertados por parte de Biden y que las instituciones estadounidenses muestren su gran fortaleza y temple en estos difíciles tiempos. Sin embargo, estos requisitos son necesarios pero no son suficientes; los demócratas están obligados a elaborar un discurso que una al país. No deben ser ajenos a la necesidad de rescatar al Partido Republicano de las garras del populismo trumpista. Los demócratas podrían ver todo lo sucedido como una oportunidad para un mandato prolongado, debilitando aún más a sus competidores, que se debatirán durante un tiempo entre la necesidad de refundarse y el control que todavía ejerce en sus filas el populismo de Trump. En esta ocasión, el legítimo egoísmo partidario supondría una equivocación lamentable y el error sería de una profundidad histórica para el pueblo estadounidense y para los que de una u otra forma nos podemos considerar más que amigos de esa gran democracia. En la historia vemos periodos de avance, periodos de retroceso y de contención, los dirigentes sagaces saben distinguir en qué tiempo se mueven. Y a mí no me cabe duda que este momento es de contención, de restañar los daños causados, de recobrar lo perdido.

Los dos grandes partidos norteamericanos, que podríamos asimilar a las dos grandes opciones ideológicas moderadas que protagonizaron el pacto constitutivo de las democracias social liberales una vez concluida la II Guerra Mundial, tienen papeles diferentes, pero hoy en día también importantes tareas comunes. Evitar la división de las sociedades occidentales que provocan y necesitan los movimientos iliberales para sobrevivir y combatir la deslegitimación del sistema institucional democrático, basado en un reparto equilibrado del poder, son parte de la agenda común. En la misma agenda debería constar tanto el rechazo a la banalización de la política como la limitación del poder de unas empresas multinacionales estratégicas, inclinadas con fuerza al control de sus respectivos sectores, algo que ya nos era conocido, pero mostrando ahora además una inclinación nociva a la emancipación del legítimo poder político del Estado, añadiendo una preocupante tendencia a convertirse en una especie de «superhéroes corporativos, ejerciendo la capacidad que tienen para limitar la libertad de expresión en la mediasfera» (Raffaelle Simone). La revolución a la que estamos asistiendo y alguna de sus consecuencias no queridas nos obligan a pensar por encima de las siglas y de programas políticos que en poco tiempo han quedado viejunos.

Termino deseando que lo sucedido en EEUU haga el efecto de un espejo en el que los españoles veamos los muy graves peligros que corremos. Sinceramente, ¿alguien piensa que Otegi es un personaje más admirable que Trump? ¿Tienen Puigdemont o Junqueras más solidez democrática que Trump? Nos hemos acostumbrado a ellos, son una calamitosa expresión de lo que somos los españoles, pero son también enemigos de las sociedades abiertas, que basan su convivencia pacífica y democrática en una armonía mínima, en el respeto a las leyes y a las resoluciones judiciales. La cercanía no debe atenuar la responsabilidad, las necesidades políticas inmediatas no puede abrir la puerta a la arbitrariedad, porque podría ser que mientras defendemos la democracia de Estados Unidos perdamos la nuestra.

Artículo de Nicolás Redondo publicado en El Mundo.

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