Los espías de ETA

Algunos de los socios del Gobierno de España mostraron la semana pasada en el Congreso de los Diputados su rechazo a que el Estado se defienda de quienes quieren derribarlo. Es coherente con su trayectoria y con sus propósitos. Si el objetivo de unos fue alcanzar la independencia a través de la violencia terrorista y el asesinato de conciudadanos y, más recientemente, el de los otros fue alcanzarla a través de un golpe de Estado, es normal que ni unos ni otros quieran que el Estado active y ejercite sus mecanismos legales para impedir que alcancen su objetivo.

La representante de Bildu en el Congreso de los Diputados rechazó que el Estado vigile a quienes son sospechosos de pretender dar un golpe a la democracia, romper España y convertir en extranjeros a millones de personas en su propia tierra. Bildu, obviamente, se solidariza con y respalda a los independentistas catalanes vigilados legalmente por el CNI: los apoyó cuando vulneraron la ley para romper el Estado y los apoya ahora, cuando denuncian hipócritamente que el Estado se defienda democráticamente de sus enemigos confesos, como hace cualquier democracia que quiera seguir siéndolo. Además, Bildu acusa al Gobierno de España de espiar históricamente a los ciudadanos vascos. Se refiere, realmente, a la lucha antiterrorista desplegada por el Estado contra ETA y cuya desarticulación terminó logrando. Se refiere a la lucha de la Policía Nacional y la Guardia Civil en defensa de los ciudadanos perseguidos por ETA. Pero es coherente con su trayectoria que Bildu denuncie que el Estado se defendió de ETA. Lo extraño habría sido lo contrario.

Y como un servidor, otros miles, la mayoría de las cuales sufrieron a la mafia etarra durante más tiempo y con consecuencias mucho más graves

Y que Bildu hable de espionaje es igualmente coherente con su trayectoria, salvo que en sentido inverso: en su caso, tienen experiencia, solo que no en vigilar a presuntos delincuentes sino en espiar o dar su apoyo a los que espiaron a ciudadanos anónimos, representantes democráticos y Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Yo mismo, durante cinco años, tuve que avisar a mis escoltas cada vez que quería salir de casa. Era probable que estuviera siendo vigilado. Y como un servidor, otros miles, la mayoría de las cuales sufrieron a la mafia etarra durante más tiempo y con consecuencias mucho más graves; de hecho, algunos sufrieron consecuencias definitivas, ya que, tras ser vigilados, fueron finalmente asesinados por la banda terrorista.

Autor del atentado

Diez años antes de ser elegido diputado, ya sufrí el espionaje de la banda y de sus servicios auxiliares. Y la violencia que se ejercitaba tras el correspondiente espionaje. Al formar parte de una familia que públicamente se oponía a ETA y se manifestaba contra sus asesinatos, nuestro domicilio sufrió el impacto de tres cócteles molotov una madrugada. Tanto mis padres como un servidor podemos contarlo, a diferencia de otros centenares que no pueden hacerlo. Y podemos recordar, de paso, que no nos movilizamos contra ETA por haber sido atacados, sino que fuimos atacados por movilizarnos contra ETA. Según nos dijeron, el atentado lo organizó un vecino abertzale que nos conocía. Así que avisó a sus conmilitones para organizar el atentado. No suelo contar estas cosas ni pública ni privadamente, pero la paciencia tiene un límite. Y conviene desenmascarar a los que siguen sin ser demócratas.

Los hechos debatidos la semana pasada en el Congreso de los Diputados ya los conocemos: el Gobierno de España mandó vigilar a algunos de sus socios parlamentarios por considerar que son un peligro para España, cosa que no impide que sigan siendo sus socios parlamentarios, a pesar de que sigan siendo un peligro para España. Y también conocemos el desenlace: el Gobierno de España acabó indultando a los vigilados (y luego condenados) y destituyendo a la persona a quien encargó el trabajo de vigilarlos. Lo normal es vigilar a quienes quieren romper el Estado y son un peligro para la democracia. Lo estrafalario e indecente es gobernar España con quienes quieren romperla.

Artículo de Gorka Maneiro publicado en Vozpópuli

Comparte

Share on twitter
Share on linkedin
Share on facebook